El Oro, Secreto y Poder.

Por Filectio - 28 de Julio, 2005, 18:50, Categoría: Citas

¿Qué clase de gentes eran, pues, aquellas que, como puede demostrarse, durante trece siglos (desde el año 200 hasta el 1500), e incluso durante más tiempo, con su descabellada idea de producir oro artificialmente, conmovieron a todo el mundo civilizado, incluidos príncipes, reyes, emperadores y santos? ¿Eran estafadores? ¿Estaban locos los filósofos que les proporcionaron el principio para seguir investigando incansablemente a lo largo de trece siglos? ¿Estaba loco Aristóteles, discípulo de Platón, que a su vez lo fue de Sócrates? ¿Estaban locos los dueños del mundo que creyeron en los alquimistas e invirtieron en sus proyectos grandes sumas de dinero? ¿Estaba loca la Iglesia que, excepto durante breves intervalos, dejó trabajar a los alquimistas? ¿O estamos locos los hombres de hoy, al rechazar con un irónico encogimiento de hombros la idea febril y obsesiva de la «gran obra», perseguida a lo largo de mil trescientos años?


¿Qué es la alquimia? ¿Es acaso una ciencia? Efectivamente, es la ciencia del pretendido arte de fabricar oro. Esta es, en cierto modo, una respuesta muy primitiva, pero tiene la ventaja de no contener ninguna inexactitud. Por otra parte, de ella se desprende la pregunta: ¿qué es el oro?


El oro sigue siendo actualmente el valor patrón de nuestro dinero, el polo hacia el que se orienta la economía;...


... Cuando fue extraído de la tierra por primera vez, hace ya más de cinco mil años (hacia el año 3500 a. C., en Nubia) era algo sagrado; era el Sol sobre la tierra, y el Sol era Dios. El Sol y la Luna eran los ojos del dios egipcio Horus, quien, en una de las muchas versiones del mito, era hijo de Ra, dios del Sol. Pero también los reyes de Egipto eran hijos de Ra y, así, Horus era hermano del rey, e incluso en ocasiones éste se identificaba con aquél. Por ello no resulta sorprendente que el rey pusiera inmediatamente la mano sobre el sol salido de su tierra negra y que la fórmula para la elaboración del oro fuera un secreto de los sacerdotes. «Hasta la Edad Media -dice Titus Burckhardt en su libro Alchemie Sinn und Weltbitd-, la relación del valor de los dos metales nobles estaba fijada de acuerdo con los cielos de los dos cuerpos celestes. Incluso la forma redonda de las monedas de oro y plata hace referencia a sus modelos celestes. También las más antiguas monedas de oro muestran cuadros y signos que guardan relación con el sol o con su ciclo anual. Para los hombres de los siglos anteriores al racionalismo, la relación entre los metales nobles y los dos grandes astros era algo evidente, y fue necesaria la llegada de todo un mundo de conceptos y prejuicios mecánicos para desposeer a esta relación de su realidad inmediata y hacerla descender a una especie de casualidad estética.»


La doble naturaleza del oro, la terrena y la celeste, era algo irrefutable para los alquimistas, cuando, siguiendo las tradiciones griegas y egipcias, empezaron a desarrollar su ciencia en los primeros siglos después de Cristo. ¿Ciencia? Sí, de acuerdo con los conceptos de aquella época, lo que hacían los alquimistas era una ciencia exacta, pues basaban sus principios en la doctrina aristotélica, según la cual todos los cuerpos no eran sino formas fenoménicas de una misma materia prima y, por ello, en teoría, era absolutamente posible transformar una materia en otra. Esta posibilidad parecía estar al alcance de la mano, del mismo modo que ocurría en los primeros decenios de nuestro siglo con la posibilidad de la separación del átomo, pues la doctrina de Aristóteles era entonces tan axiomática, científicamente, como hoy en día la Teoría de la Relatividad. Y no sólo entonces; los principios de la ciencia natural aristotélica fueron vigentes hasta bien entrado el siglo XV. Este es el motivo fundamental de que la alquimia se mantuviera tanto tiempo vigente.


Y, ¿qué le queda a nuestra actual ciencia exacta de la labor de tantas generaciones de científicos? Hermann Kopp, autor de una historia de la química y de un libro titulado Die Alchemie in älterer und neuerer Zeit, dice a este respecto que: «durante un largo período de tiempo, las noticias sobre la química deben buscarse en los archivos de la alquimia», y, más adelante, que «la historia de la química ha de tener muy en cuenta a la alquimia, tal como fue practicada en otros tiempos, para comprender los inicios de esa especialidad científica».


Marcellin Berthelot, químico que durante algún tiempo fue ministro de Educación francés, que se ocupó intensamente de los fenómenos de la alquimia hacia 1880 (escribió Les origines de l’alchimie y publicó la Collection des anciens alchimistes grecs), es todavía más explícito. «La alquimia, dice, se basa en un cúmulo de experiencias heredadas de la antigüedad, estas experiencias se refieren al laboreo de los metales y las aleaciones, así como a la producción de piedras preciosas artificiales. Durante toda la Edad Media, los trabajos experimentales en este sentido siguieron adelante, hasta que de ellos surgió la moderna química.»


Así, el invento del alambique es atribuido a una alquimista del siglo III de nuestra era que, en algunos relatos, lleva el nombre de la Judía y en otros es llamada María la Profetisa. No cabe la menor duda de que las sencillas y cotidianas manipulaciones del químico y los aparatos que éste utiliza, y que todos conocimos en la escuela, fueron creados por los alquimistas. Y hacia el final de la hegemonía de la alquimia, en los siglos XVI y XVII, fueron dos alquimistas los que pusieron los fundamentos de la moderna química: Paracelso y Robert Boyle. Paracelso fue el primero en definir la vida del hombre como un proceso químico y en afirmar la necesidad de superar por procedimientos químicos los fallos en el desarrollo de este proceso, en los que veía la causa de las enfermedades. Todo aquel que hoy en día toma una pastilla o se deja poner una inyección, acepta, de hecho, esta idea del alquimista Paracelso. Y Robert Boyle, propulsor de una institución secreta para el desarrollo de la ciencia, descubrió la composición del aire.


La investigación química metódica data de los tiempos del alquimista Boyle.


Volviendo al principio del intelectual; no se puede negar que las gigantescas industrias y las ingentes concentraciones de riquezas y poder son producto de procesos mentales. Siempre hubo algún Rumpelstilzchen que, al realizar experimentos y hacer anotaciones en su embrujada cocina, descubrió aquella «cosa» que luego había de extenderse como una epidemia por todo el mundo. Al igual que el oro fue el fetiche de épocas que nosotros llamamos Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna, la energía atómica constituye el fetiche de nuestra época, y una vez más fueron unos pocos intelectuales los que descubrieron en sus laboratorios este fetiche, de cuya posesión y empleo depende el poder, la riqueza y la felicidad de este mundo, así como su ruina.


El oro, hasta hace poco símbolo de todos los esfuerzos humanos en pos de la felicidad, ha sido destronado. Ha llegado el momento en que podamos ver retrospectivamente qué logros ha proporcionado al hombre la fuerza de atracción del oro, y aquí podemos citar la historia de la guerra, al igual que la historia de la química, que no se podría escribir sin la historia de la alquimia, y también la historia de los descubrimientos, incluido especialmente el descubrimiento de América, pues ¿qué buscaban los reyes y navegantes españoles y portugueses en el lejano Occidente sino el oro?


También para los primeros alquimistas, los griegos de Alejandría, el oro era ciertamente algo tangible, algo material. Pero al mismo tiempo, en su búsqueda de un sistema para producir artificialmente oro, se convirtieron paulatinamente en una especie de escuela teológica oculta. Trataron de amalgamar la filosofía naturalista griega, la técnica egipcia y la astrología y astronomía babilónicas con la metafísica judeocristiana y encontrar así un camino para llegar hasta los orígenes de la existencia y la razón de las cosas.


Buscaron el oro interior y lo encontraron en la perfección humana. El punto de partida de esta nueva concepción científica por parte del alquimista fue el convencimiento de que Dios sólo confiaría el secreto a quien hubiera alcanzado el más alto grado de perfección humana.


En el mundo de los símbolos que entonces se crearon –la serpiente que se muerde la cola, el león rojo y verde, el monocerote, el hermafrodita, criatura perfecta por llevar en sí caracteres masculinos y femeninos, el ave fénix que resurge de sus cenizas, el dragón que ha de ser sacrificado para convertirse en un ser superior–, los alquimistas obtuvieron una victoria y sufrieron una derrota.


Hubo un tiempo en el que las fórmulas, recetas y teorías permanecían ocultas al profano, pues desde el principio fueron expresadas exclusivamente por medio de símbolos (posiblemente siguiendo una tradición de los sacerdotes egipcios), pero más tarde se enfrentaron con la teología cristiana.


Eso fue su ruina. Ello ocurrió cuando el patriarca Teófilo, para eliminar de una vez para siempre la competencia de los sabios alquimistas, que consideraba errónea desde el punto de vista teológico, hizo quemar, en el año 389, una parte de la biblioteca alejandrina, el Serapeion. A partir de este momento, los alquimistas se sometieron durante un milenio a la doctrina de la Iglesia, y ya no se atrevieron a apartar sus teorías de ésta. En la Edad Media ya no constituían oposición alguna para los teólogos, pues ellos mismos eran, o bien teólogos, como San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, o bien médicos, cuya ciencia no rezaba como tal para los teólogos.


Así, el papa Clemente V, que residía en Aviñón, no tuvo inconveniente en hacer venir al alquimista y médico Arnaldo de Vilanova, que en diversas ocasiones había tenido que huir de las autoridades religiosas, acusado de herejía, cuando enfermó de arenilla.


Reinhard Federmann, Die Königliche Kunst, 1964



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